Merece la pena.Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.
Entro en un patio de vecinos, cobijado entre cuatro edificios enormes. En un rincón veo apilados en el suelo un balón de fútbol, otro de baloncesto, un patinete y dos bicicletas. Continúo caminando y encuentro por fin a sus dueños: tres niños de unos ocho años, sentados juntos en un portal. Cada uno está concentrado en su propio videojuego portátil. No hablan.
Me alejo con un escalofrío.
Y no, no es una frase mía (por más que me gustaría). Se trata del título de un cuento de Fernando Sorrentino que leí hace la tira de años y que llevo esa misma cantidad de tiempo buscando como loca. Hoy, por un cúmulo de casualidades, he descubierto el nombre de su autor y por ahí he conseguido volver a encontrarlo.
A modo de introducción, sólo puedo añadir que es uno de esos cuentos que me encantaría que se me hubieran ocurrido a mí. (suspiro). Y que ejemplifica todo lo que para mí debe ser un cuento corto. He aquí el principio:
Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.
Es un poco largo para trasncribirlo aquí entero (un poco más de una página), así que si os habéis quedado con las ganas, podéis encontrar el cuento completo aquí.
A veces, a fuerza de cruzarte con las mismas personas todos los días, algunas de ellas entran a formar parte de tu vida sin que te des cuenta, y el día que no los ves te sorprendes a ti mismo pensando en ellos de repente.
Ella es una chica joven, morena, muy pero que muy guapa. Él es delgado y alto (mucho más que ella), joven también y algo desgarbado, todo piernas y todo brazos. No te das cuenta en el primer momento, pero poco después se hace evidente que sufre algún tipo de retraso mental.
Cuando bajan del autobús, siempre juntos, él se detiene unos instantes y busca la mano, el hombro o el cuello de ella para apoyarse. Una vez que lo encuentra echa a andar, y su rostro y su sonrisa te dicen que no, que ya no puede pasarle nada malo. Con ella a su lado, él se siente seguro.
A veces, te gustaría que esas personas siguieran formando parte de tu vida para siempre.
PARADA DEL AUTOBÚS. EXTERIOR. DÍA.
Dos jóvenes de unos 16 años charlan con cara de espárrago (ambos, lo cual no deja de resultar exótico).
CHICO:
¿Vas a ir hoy al instituto?
CHICA:
Sí, pero no pienso entrar a tercera hora en química. Voy fatal con la asignatura.
CHICO:
¿Y no será peor si encima no vas a clase?
CHICA:
Ya, pero es que a mí ese tío no me soluciona nada.
Podría haber dicho ’es que no me entero con el profesor ese’. O ’me aburro como una ostra’. O ’paso, me voy a tomar el sol, o a la Feria’. Pero no, tuvo que soltar una mamarrachada como esa: "a mí ese tío no me soluciona nada".
Es por eso por lo que me entraron ganas de estrangularla.
PD: Pero no, no lo hice (sic).
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