Merece la pena.Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.
Entro en el autobús. Hay varias personas de pie, por lo que me sorprendo de mi suerte al encontrar un asiento vacío al lado de un anciano. Nada más sentarme, comprendo el porqué. Se trata de un hombre más que peculiar, de los que tendemos a evitar por temor, vergüenza ajena o, simple y mero acto reflejo. Lleva sombrero, al que ha malpegado una pequeña plumita de tela arrugada a lo Robin Hood. Viste chaqueta a cuadros, chaleco y corbata amarilla. Empuña bastón.
Abro mi libro, pero no leo nada. Lo observo por el rabillo del ojo. Y permanezco atenta a todo lo que hace.
De pronto empieza a hablar lo suficientemente alto para que lo oigamos todos los pasajeros que estamos a su alrededor. Mantiene una conversación natural, como si todos lleváramos media hora juntos tomando un café. Sólo que no se molesta en esperar a que nadie le conteste. Cuenta chistes, uno detrás de otro. Cuando no se ríe nadie los explica, por si alguno más torpe no lo ha pillado bien. En realidad mezcla un poco de todo. Saca de su bolsillo un dibujo de una joven que al girarse se convierte en anciana. Un recorte de periódico amarillo de una mujer negra con cientos de aros de metal en la cara. Incluso cuenta un problema matemático (el de los tres hombres que van a un bar, ponen 10 pesetas cada uno y al final el cambio no cuadra) que sólo yo parezco identificar por la de veces que se lo he oído a mi madre.
A nuestro alrededor, la mayoría de la gente se burla de él. Pero no parece importarle lo más mínimo.
Y entonces pasa: repite el mismo chiste que acaba de contar un minuto antes. Las sonrisas se nos congelan. Me viene a la cabeza lo que dijo Alberto hace unos días sobre la soledad. Y me digo a mí misma que tengo que escribir sobre esto.
Me atrevería a decir que a veces casi disfruto más comprando libros (o buscándolos en la biblioteca) que leyéndolos. Y escribo el ’a veces’ y el ’casi’ porque sin ellos no me atrevo a formular una frase como esa. Soy consciente de que roza lo blasfemo.
¿Es grave, doctor?
Es curioso analizar la manera en que establecemos vínculos con otras personas. Dejemos a un lado la cuestión amorosa. ¿Por qué somos amigos de nuestros amigos? ¿Porque nos gustan las mismas cosas? ¿Porque nos parecemos o queremos parecernos a ellos? Puede que esto sea más verdad conforme nos vamos haciendo mayores, pero ¿somos conscientes de hasta qué punto esos vínculos son fruto de la casualidad? ¿O de la necesidad? Acudir a un determinado colegio. Repetir curso. Elegir una carrera y no otra. Entrar en ese bar. Conseguir un trabajo en aquella oficina. Coger todos los días el mismo autobús.
Personas que apenas eran siluetas vacías antes de conocerlas se convierten en parte de tu vida y ya no puedes vivir sin ellas. Y todo gracias (que no ’por culpa de’, ojo) al puñetero azar. Si hay alguien ahí arriba debe estar partiéndose de risa con todo esto.
Después de varios meses escuchando hablar sobre Zifra y el Blog de Zifra a Fanswhave y a Carboanion (e imaginándomelo como una chica joven y algo friki) me da por echar un vistazo y descubro que es un amigo y compañero de mis padres en la Universidad.
Hace unos meses llego a la bitácora de Rafael Marín por medio de Otis, que lo cita en un par de ocasiones casi seguidas. Tras preguntarle a mi padre por este escritor de ciencia ficción y gaditano, resulta que es compañero suyo del colegio.
Hace seis o siete años ya, no estoy segura, estoy tomando una cerveza con Alberto y de pronto Carlos se acerca y se nos sienta al lado, tan tranquilo y sonriente como siempre. Dos de mis mejores amigos que a su vez eran íntimos sin yo tener ni idea.
Llevo tiempo queriendo escribir sobre la teoría de los seis grados de separación. Pero últimamente he decidido que ya no deberían ser seis, sino cinco. O incluso cuatro. Porque la velocidad a la que vamos hoy en día de la mano de tanta tecnología nueva se los salta de dos en dos.
No estoy segura, pero creo que esto me gusta.
Vas leyendo, como de costumbre, en el autobús. Esa tarde no estás de demasiado buen humor por el trabajo, o por el día que estás teniendo. De pronto una anciana te golpea la pierna al pasar, sin querer. La ves, tan chiquita, y le ofreces el sitio. Que no. Que sí. Que no. Que sí. Al final se resiste, creo que porque no quiere que pienses que te ha golpeado adrede. El caso es que encuentra un sitio en frente, con lo cual vuelves a tu lectura. Levantas la vista y te das cuenta de que su marido, igual de viejito, está a su lado y aún de pie. Le vuelves a ofrecer el sitio. Que no. Que sí. Que no. Que sí. También se resiste, porque es un galán y eso no lo vas a cambiar tú a estas alturas.
Se bajan del autobús. Su compañera de asiento te dice: 'te está diciendo adiós'. Miras por la ventana y la ves a ella mandándote besos con la mano.
Y ya no te quita nadie la sonrisa en toda la tarde.
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